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Renuncié.

Al temor a la incertidumbre.

A perder mi capacidad de asombro.

A darle migajas a mi curiosidad.

A anestesiar mi intuición.

A la falsa sensación de lo confortable que puede ser, ser uno más.

A esperar que sea viernes y a sentirme nostálgico los domingos.

A confundir mis prioridades.

A dudar de mi manera de hacer las cosas.

A hacerle trampa a mi propia filosofía de vida.

A callar por vergüenza o miedo al ridículo.

A mi queja constante, mi autoengaño y mis frases de cabecera justificando conceptos de éxito ajenos.

A tapar con Netflix, cervezas de after office y shopping desenfrenado ese pensamiento de “por qué hago lo que hago”.

Renuncié a las excusas y encontré la manera.

Renuncié a mi trabajo de oficina porque ya no puedo renunciar a mí.